Se me está haciendo complicado recuperar el hábito de bloguear. He cambiado de plantilla y he perdido todos los enlaces, y me da una pereza tremenda volver a meterlos todos de golpe... Creo que mejor aprovecharé los ratos muertos del trabajo.
En el trabajo tengo muchos ratos muertos; en concreto, desde que entro hasta que salgo. En mayo mi jefe, el Gran Oso de Peluche, se marchó de la firma para dedicarse a un proyecto ultrasecreto (para mí que va a entrar en política...), así que desde entonces soy una secretaria sin funciones. Al principio parece guay, pero a la larga acaba siendo cansino. Yo creo que lo estoy somatizando, porque en los últimos diez días he visitado urgencias cuatro veces: por quemaduras, al tirarme encima el café hirviendo del Abogado Estresado; por un corte profundo que me hice de manera misteriosa con una astilla suelta de mi mesa; por arrancarme medio labio al intentar cortar la cinta de celofán con la boca (niños, recordad: ¡las tijeras son vuestras amigas!); y por romperme la ceja al estornudar con demasiado retroceso.
Lo que más pena me da es que, ahora, cuando grito de dolor en la oficina, ya no se asoma nadie. En cambio en urgencias ya me conocen por mi nombre y me cuelan antes. Algo bueno tenía que tener.
En el trabajo tengo muchos ratos muertos; en concreto, desde que entro hasta que salgo. En mayo mi jefe, el Gran Oso de Peluche, se marchó de la firma para dedicarse a un proyecto ultrasecreto (para mí que va a entrar en política...), así que desde entonces soy una secretaria sin funciones. Al principio parece guay, pero a la larga acaba siendo cansino. Yo creo que lo estoy somatizando, porque en los últimos diez días he visitado urgencias cuatro veces: por quemaduras, al tirarme encima el café hirviendo del Abogado Estresado; por un corte profundo que me hice de manera misteriosa con una astilla suelta de mi mesa; por arrancarme medio labio al intentar cortar la cinta de celofán con la boca (niños, recordad: ¡las tijeras son vuestras amigas!); y por romperme la ceja al estornudar con demasiado retroceso.
Lo que más pena me da es que, ahora, cuando grito de dolor en la oficina, ya no se asoma nadie. En cambio en urgencias ya me conocen por mi nombre y me cuelan antes. Algo bueno tenía que tener.