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Desenchufada

Se me había olvidado contar que en mi coqueto a la par que desventanado estudio no tengo internet ni televisión, lo que significa que estoy viviendo la vida un poco como en el siglo XIX (tampoco tengo microondas: imaginaos).

La idea de comprar una tele fue desechada inmediatamente porque sólo estoy por las mañanas en casa y lo único interesante que hay por las mañanas en la tele es el programa de humor que presenta Curry Valenzuela en Telemadrid, y sólo por eso no merece la pena comprarse una tele (aunque desde aquí hago un llamamiento a todos mis lectores a que vean el programa de Curry Valenzuela. Hay que darle audiencia. Esa mujer es grande, y su cardado también).

La idea de contratar internet se esfumó cuando me di cuenta de que todas las compañía tienen contrato de permanencia. Es decir, que el contrato de mi piso me dura doce meses y el de internet, dieciocho. Difícil. Primero creía que no podía pasarme sin bloguear; pero luego me di cuenta de que para lo único que quiero internet es para seguir bajándome la segunda temporada de Héroes, porque últimamente la bitácora ya no me engancha tanto. Y resulta que, por lo que me cuestan dos meses de conexión, puedo comprarme la serie entera en DVD, que la venden en la Fnac, con extras y todo.

Total, que ahora paso las mañanas leyendo y paseando, como las señoras del siglo XIX. Y me encanta. Seguramente no actualice muy a menudo en el futuro. Sigo leyéndoos en los ratos muertos en el trabajo, pero reconozco que no tengo tantas ganas de comentar. Mis disculpas.

Ah, y felices fiestas a todos y todas. Yatta!

No he escrito porque estaba afónica

  • Hace dos semanas, finalmente, me mudé a mi nuevo pisito, que es la mar de coqueto (es decir, que mide 30 metros cuadrados). El casero me dijo que me iba a cambiar las ventanas por otras de aluminio con cristales de climalit. Así que un día llegaron los obreros, quitaron las ventanas de madera, se fueron y no volvieron. Llamé al casero para explicarle que me entraba frío por dos agujeros de la pared, tras lo cual los obreros volvieron, encajaron las ventanas viejas de madera en los agujeros, las aseguraron con listones de madera y bolsas del Día, se fueron y no volvieron. Dejaron tras de sí un gran saco de cemento, una máquina misteriosa y muchos listones que se ve que les sobraban. Yo me había mudado a un piso coqueto y ahora vivo en una trinchera. Y lo malo es que creo que me estoy haciendo adicta al polvo de yeso.
  • Para huir de la trinchera decidí teletransportarme a Londres. Pasé el puente con mi mejor amiga y con mi ligue de este verano; fuimos a patinar sobre hielo al Museo de Historia Natural y me constipé. Fui perdiendo la voz gradualmente hasta que, el último día, un segurata del metro muy amable se dirigió a mí en lengua de signos. Creo que le decepcionó saber que no era muda de verdad.
  • En el vuelo de vuelta fui violentamente apartada del resto de los pasajeros, me arrebataron el bolso y me dijeron que las máquinas habían detectado una sustancia sospechosa. Una policía se puso unos guantes gruesos y con un palo radioatómico inspeccionó el bolso. Finalmente llegaron a la conclusión de que la sustancia sospechosa eran mis clínex usados. Seguí estando resfriada, pero al menos sentía que mis mocos eran peligrosos. Esto le sentó bien a mi ego.
  • Ayer tuve la cena de Navidad de la empresa. Cuando el Big Boss se puso en pie para hacer el discurso correspondiente, un abogado borracho empezó a gritar "¡¡Todos somos idiotas!!", de modo que al final no hubo discurso porque nadie consiguió hacer callar al abogado borracho. Más tarde otro grupo de becarios y un par de secretarias (menos mal que yo sigo afónica) se ofrecieron para cantar un villancico. Lo hacían bien, salvo porque la mitad creyó que iban a cantar "Hacia Belén va una burra rin rin" y la otra mitad, "En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna" y el abogado borracho no dejaba de gritar que todos somos idiotas, así que al final no se les oía. Les pedimos un bis y ellos contestaron que el primer villancico era pro bono, pero que los siguientes había que pagarlos. Como experiencia, la cena de empresa fue enriquecedora. No sabía que gente tan seria y encorbatada pudiera alcanzar semejantes cotas de depravación.

La generación del desengaño

Mi mejor amiga trabaja en Londres de profesora de español y anda últimamente algo baja de ánimo, así que ayer la llamé para que me contara sus penas. Y me dijo:

- "En el instituto yo era aplicadísima. Muchas veces me quedaba sin salir para estudiar, por voluntad propia; y en el bachillerato me dieron una matrícula de honor por la nota media y saqué un 9 en Selectividad, que fue una de las 20 notas más altas de aquel año. En la Universidad sabes que nunca saqué nota más baja que un notable, y que me quitaba de dormir para entregar los deberes a tiempo, y nunca dejé de presentarme a un examen ni falté a una sola clase, salvo cuando estaba enferma. Y luego me vine a Londres a hacer el posgrado en Pedagogía y fui la segunda de mi promoción. Y todo esto tú sabes bien que no es porque yo sea la más lista, sino porque me mato a trabajar; de siempre me enseñaron que el esfuerzo era un valor... Y ahora estoy haciendo un trabajo de mierda, porque es el único que pude encontrar, en una ciudad de mierda, donde me pagan un sueldo de mierda que apenas me alcanza para pagar el alquiler de mi piso-patera que comparto con otras siete personas... Y pienso: ¿de qué me sirvió estudiar tanto? ¿Adónde fueron a parar todos los méritos académicos? ¿Qué utilidad tienen los estudios? ¿Por qué nadie me avisó de que el esfuerzo no sirve para nada?"

La pobre aún está esperando que le dé una respuesta... Si alguien la sabe, que me diga, que yo le paso el recado...